Soy María, rumana, y tengo 22 años.
Cuando me ofrecieron un trabajo en España de camarera fuí la mujer más feliz del mundo; en mi casa solo trabaja mi padre y somos cinco de familia; los 600 euros que gana apenas dan para comer y pagar la calefacción, pues el invierno es muy crudo y el combustible caro.
Nos prometieron un contrato de trabajo, un sueldo digno y facilitarnos los papeles para entrar legalmente en el país.
El viaje duró una semana. Escondidas en una cabina de camión otras tres chicas y yo, apenas nos podíamos mover, nos aseábamos en gasolineras y comíamos bocadillos fríos preparados por nuestras familias.
Pasamos hambre, frío y miedo, pero la ilusión de mejorar, nos daba fuerza para continuar.
Cuando llegamos a Barcelona, la situación no mejoró; todo era un engaño, no había contrato de trabajo ni sueldo. Teníamos que pagar el dinero del viaje y la habitación del CLUB sirviendo bebidas a desconocidos que no eran nada recomendables.
He conseguido escapar y denunciarlo; nos han traído a una casa de acogida a la espera de la repatriación a nuestro país.
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